PO26-C-54 Evaluación clínica del riesgo de violencia en esquizofrenia: análisis de un caso

Introducción
Las personas con esquizofrenia sufren el estigma de ser consideradas especialmente violentas. Sin embargo, la evidencia muestra que las conductas violentas asociadas a este trastorno son menos frecuentes de lo que percibe la población general. Cuando se producen, su prevención desde la práctica clínica resulta fundamental para evitar daños a terceros, prevenir la entrada de estos pacientes en el sistema penitenciario (donde constituyen un colectivo especialmente vulnerable) y contribuir a reducir el estigma social que padecen.
Caso clínico
Varón de 42 años que es trasladado a urgencias hospitalarias tras generar alarma en la vía pública, donde se encontraba practicando artes marciales con una katana y con la que finalmente amenaza a las Fuerzas del Orden Público. Ex legionario y de complexión atlética, presenta antecedentes de esquizofrenia paranoide.
El paciente refiere que únicamente estaba practicando con la katana “sin molestar a nadie”, por lo que no comprende el motivo de su traslado a urgencias. Durante la entrevista clínica se constata que lleva aproximadamente un mes sin tomar la medicación y que presenta conductas desorganizadas, autorreferencialidad, ideación delirante de perjuicio y soliloquios que sugieren la presencia de alucinaciones auditivas.
Ante la descompensación psicótica se decide ingreso en la Unidad de Agudos de Psiquiatría. El paciente rechaza tajantemente la hospitalización y entra en escalada conductual, precisando la intervención de las Fuerzas del Orden Público para su ingreso involuntario.
Discusión
A pesar de la percepción social de que las personas con esquizofrenia son especialmente peligrosas, menos del 10 % de la violencia interpersonal en la población general es atribuible a este trastorno.
Entre los principales predictores de conducta violenta destacan el incumplimiento terapéutico, el consumo de sustancias (frecuentemente utilizado como forma de automedicación para aliviar síntomas positivos o negativos), la comorbilidad con trastornos de personalidad, el inicio precoz de la enfermedad y la ausencia de apoyo social. En muchos casos, el primer episodio de violencia se produce durante fases iniciales del trastorno o en contextos de descompensación psicótica.
Contrariamente a lo que suele asumir la población general, los actos violentos suelen dirigirse con mayor frecuencia hacia personas del entorno cercano, como familiares o conocidos.
La evaluación del riesgo de violencia puede realizarse mediante la valoración de factores de riesgo conocidos. En los modelos actuariales, dichos factores reciben un peso fijo en función de su asociación estadística con la conducta violenta. En cambio, en el juicio profesional estructurado el evaluador integra estos factores mediante un análisis clínico del caso concreto. Ambos métodos presentan una capacidad predictiva similar, aunque los modelos actuariales se consideran más objetivos.
Conclusiones
Desde la práctica clínica en salud mental, y dadas las consecuencias negativas que los actos violentos pueden tener tanto para terceros como para los propios pacientes, resulta fundamental prestar especial atención a los factores de riesgo modificables. Entre ellos destacan la adherencia al tratamiento, el consumo de sustancias y el apoyo social, cuya intervención puede contribuir a reducir la probabilidad de conductas violentas.
Bibliografía
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