El abordaje de la conducta suicida

La entrada del paciente en urgencias empieza en Admisión donde se realiza la filiación y triaje correspondiente. En primer lugar, las medidas a tomar una vez ingresada la persona con conducta suicida en urgencias son:
1. Evaluación inmediata de su situación clínica
2. Utilización de un tratamiento eficaz que minimice el riesgo de muerte o discapacidad
3. Instauración de un sistema para garantizar la seguridad del paciente
El triaje es un método de selección y clasificación de los pacientes que ingresan en urgencias y que se basa en las necesidades terapéuticas de los pacientes y de los recursos disponibles para su atención.
El triaje es un proceso de valoración clínica preliminar que ordena a los pacientes con antelación a una valoración diagnóstica y terapéutica completa según su grado de urgencia, de manera que en una situación de saturación del servicio o de disminución de recursos, los pacientes más urgentes son tratados los primeros, y el resto son controlados continuamente y reevaluados hasta que les pueda atender el equipo médico.
En suma, el triaje es una valoración protocolizada del grado de urgencia, de forma que se establezcan los tiempos de espera razonables para que los pacientes en urgencias sean atendidos y tratados por el personal sanitario correspondiente.
En nuestro caso, se utilizará el sistema de triaje de Manchester por el que se obtienen cinco niveles de gravedad, a cada uno de los cuales se le asigna un color de identificación y un tiempo máximo de atención al paciente.
Es recomendable que todas las personas que presenten conducta suicida sean clasificadas en el nivel amarillo, esto es, que sean atendidos en un plazo no superior a una hora.
En general, en los servicios de urgencias hay que determinar los tipos de pacientes que presentan riesgo suicida: los que han tenido un intento de suicidio o muestran ideación suicida clara, los que tienen trastornos mentales sin ideación suicida y los que tienen una patología física con riesgo de suicidio.
Se puede realizar una evaluación inicial por medio de diferentes cuestionarios o escalas. En los pacientes que no presentan problemas físicos se puede emplear la versión breve del cuestionario de Horowitz et al. Consiste en una serie de preguntas que tiene que contestar el paciente y se asignan unos colores (amarillo o naranja) en función de las respuestas.
En función de los tipos de riesgo suicida, se debe decidir el plan terapéutico en cada caso.
1. Riesgo alto: ingreso en la unidad de hospitalización psiquiátrica.
2. Riesgo moderado: tratamiento psicofarmacológico de patología de base y seguimiento a través de los Centros de Salud Mental correspondientes.
3. Riesgo bajo: alta hospitalaria y seguimiento por Atención Primaria.
El tratamiento ambulatorio estará indicado en el caso de que el paciente:
. No tenga plan suicida concreto y presente bajo nivel de ansiedad.
. No padezca enfermedad psiquiátrica relevante.
. Disponga de apoyo familiar y social adecuado.
. Haya firmado un compromiso de “no suicidio”.
. Acepte el tratamiento prescrito.
Deberá hacerse un seguimiento de todos los pacientes atendidos en urgencias durante un año con re-evaluaciones a los 3, 6 y 12 meses. Por otro lado, si el paciente ha realizado un intento previo con sobreingesta medicamentosa, es aconsejable tras su alta la supervisión familiar y custodia de fármacos.
Hay que monitorizar el seguimiento o la falta del mismo, confrontar conductas que interfieren el tratamiento (no acudir a citas, incumplimiento de la medicación, etc.) Es preciso determinar los recursos exteriores del paciente para evitar las crisis suicidas ante la pérdida de estos recursos.
