Neurobiología de la conducta suicida

El suicidio supone un grave problema de salud pública. Según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), se calcula que sería responsable de más de 700.000 fallecidos al año, tratándose de la cuarta causa de muerte en jóvenes entre 15 y 29 años.
El riesgo de suicidio consumado es mayor en aquellos sujetos con intentos de suicidio previos, conductas autolíticas, trastornos mentales (especialmente depresión), enfermedades crónicas con pronóstico desfavorable o dolor crónico, adversidades en la infancia o rasgos de personalidad como impulsividad, agresividad y desesperanza.
La conducta suicida explicada a través del modelo diátesis-estrés se entiende como el resultado de la interacción entre estresores ambientales y la vulnerabilidad del sujeto. Asociados a esta conducta, algunas investigaciones plantean la existencia de unos fenotipos neurobiológicos, que tendrían su origen en alteraciones a distintos niveles. Gracias a los estudios de neuroimagen – tanto funcional como molecular – se han podido estudiar los circuitos cerebrales y los cambios neuroquímicos (a nivel de neurotransmisores) relacionados con los comportamientos de estos sujetos.
Por una parte, se propone que un ambiente de estrés crónico conllevaría un estado de neuroinflamación, viéndose así afectada la regulación del sistema serotoninérgico, el dopaminérgico y el glutamatérgico, y el eje hipotálamo-pituitario-adrenal, entre otros. Dentro de este estado, los cambios neurobiológicos que más se han relacionado con la conducta suicida son: la depleción de serotonina, asociada a mayor agresividad e impulsividad; la depleción de noradrenalina, asociada a desesperanza y depresión; la hiperactivación del eje hipotálamo-pituitario-adrenal, relacionada con daños cognitivos; y la disminución de ciertos marcadores como el BDNF (factor neurotrófico derivado del cerebro), que supone una disminución de la neuroplasticidad. Todas estas alteraciones podrían explicar las deficiencias en la regulación del estado de ánimo y la toma de decisiones en sujetos con conducta suicida.
Por otra parte, también se sugiere que los cambios neurobiológicos asociados a la conducta suicida estarían modulados por múltiples mecanismos epigenéticos, especialmente por la metilación de BDNF, del eje HPA y receptores GABA-A, que juegan un papel importante regulando la expresión de proteínas. Un momento particularmente sensible a las modificaciones epigenéticas sería la infancia, dado que experiencias traumáticas en esta etapa – como la negligencia afectiva, el abuso sexual o físico – se han asociado a una mayor impulsividad, por lo que tendrían un peso importante en la posible conducta suicida. Sin embargo, investigaciones sobre el genoma no han podido encontrar vínculos significativos con los intentos de suicidio, por lo que todavía no se ha podido confirmar la presencia de genes específicos.
Seguir investigando la base neurobiológica de la conducta suicida es crucial ya que nos permitiría plantear nuevas formas de prevención y tratamiento para este problema de salud pública tan grave y emergente. Las propuestas más prometedoras para la detección de sujetos con alto riesgo suicida son la genómica y la neuroimagen cerebral. En cuanto al tratamiento, los nuevos enfoques incluirían la estimulación magnética transcraneal repetitiva o el uso de fármacos con efecto antiinflamatorio.
