Manejo del comportamiento suicida

El suicidio es uno de los problemas de mayor trascendencia en la salud pública. En los países que forman parte de la Unión Europea se calcula que mueren cerca de 60.000 personas al año por este motivo, pero las cifras expuestas solo representarían la punta del iceberg, ya que se estima que el número de tentativas suicidas es aproximadamente unas 10-20 veces superior, aunque la carencia de estadísticas nacionales e internacionales adecuadas impide un conocimiento exacto de la verdadera magnitud del problema. Por lo tanto, desde un punto de vita preventivo, para tratar de evitar la repetición de las tentativas de suicidio es fundamental realizar una correcta evaluación de las personas que acuden a los servicios de salud tras haber realizado un intento suicida. Hay claras evidencias de que en los servicios de urgencias no siempre se realiza una adecuada evaluación psicosocial de los pacientes. La intervención debe centrarse en los pacientes con enfermedades mentales, ya que el 90% de las personas que se suicidan tienen trastornos psiquiátricos diagnosticables y tratables. Los diagnósticos más asociados a conductas suicidas son: depresión, esquizofrenia, alcoholismo y trastornos de la personalidad, especialmente trastorno límite. En nuestro entorno, apenas se dispone de programas específicos de prevención, protocolos de intervención ni de registros acumulativos de casos. En este sentido es recomendable promover registros sectoriales mediante convenios con los Institutos de Medicina Legal. Al respecto, se ha generado recientemente un Consenso sobre Suicidabilidad y Riesgo de Suicidio (Meyer et al., 2010), cuyo principal objetivo es facilitar el manejo de estos comportamientos y su prevención. En definitiva, la creación de protocolos que sirvan de guía para la toma de decisiones y el manejo del paciente suicida, son un paso fundamental para establecer redes centinelas que sirvan de observatorio permanente para prevenir futuros comportamientos suicidas.
