Suicidio y sales de litio: la doble cara de Jano en un fármaco sexagenario

Desde el descubrimiento de la utilidad del litio en la manía en 1871 de la mano de Hammond, y
su aprobación definitiva por la Food and Drugs Association en 1970, este mineral se ha convertido
en una herramienta muy valiosa en la práctica psiquiátrica habitual. Por todos es conocido el papel
de las sales de litio en el tratamiento y prevención de recaídas en el trastorno bipolar, pero
tampoco se debe olvidar el papel potenciador de primera linea en la depresión unipolar y bipolar.
Además es el fármaco que mejor previene el suicidio en pacientes con trastornos del ánimo por
ser un potente estabilizador del ánimo y requerir una relación médico-paciente más constante
dados sus posibles efectos secundarios; no obstante y a pesar de ser un hecho poco frecuente, un
10% de las personas que toman litio y deciden suicidarse lo hacen tras una sobreingesta con
dicho fármaco. Los pacientes que reciben tratamiento con sales de litio son conocedores de la
toxicidad multiorgánica que puede conllevar su toma y la importancia de mantener sus niveles en
sangre bien controlados; es por tanto un arma de doble filo pues ser conocedor de dicha
información puede resultar peligroso cuando la desesperanza y las ideas de suicidio aparecen en
estos pacientes.
Trataremos la intoxicación voluntaria por litio a propósito de un caso que acudió a urgencias de
nuestro hospital; una mujer de 47 años diagnosticada de depresión mayor hace 7 años, con
empeoramiento progresivo y en tratamiento con varios fármacos que realizó sobreingesta
medicamentosa con litio, lamotrigina y cloracepato dispotásico con la única finalidad manifiesta de
acabar con su vida “me tomé el litio porque sabía que envenenaba la sangre…” .
