Impacto del paciente suicida en el residente.
El fallecimiento de un paciente por suicidio es uno de los eventos más traumáticos para cualquier profesional del ámbito de la Salud Mental y no deja de ser un acontecimiento vivido por un elevado porcentaje de profesionales. Entre un 15-68% de los psiquiatras han experimentado la pérdida de un paciente por suicidio en sus carreras, siendo este evento frecuente en los residentes en formación (hasta ⅓ de los residente, 53% de los R1)(1).
Tras el suicidio de un paciente son cuantiosos y variados los sentimiento que pueden surgir en los profesionales, culpa, ansiedad, insomnio, pérdida de autoestima, vergüenza, sentimientos de inutilidad, inseguridad, siendo estos mismos sentimientos y las posibles secuelas emocionales manejadas de manera independiente debida a las posibles reacciones y a la estigmatización de la situación. (2) “encontramos más tolerable ver a nuestros pacientes fallecer de cáncer, que de suicidio.” (3-1). Surge mayor sensación de susceptibilidad ante co-R, superiores, sensación de falta de apoyo, hasta un 25 % de los residentes los que no solicitan ayuda (1).
Dichos sentimientos e inseguridades tienen su repercusión sobre la práctica clínica, provocando un mayor número de ingresos ante pacientes con tentativas o ideación autolítica, dudas a la hora de seleccionar tratamientos y generando actitudes más defensivas ante la toma de decisiones.
Revisando la literatura se observa un común denominador, la percepción por parte de un elevado porcentaje de residentes de recibir una formación escasa en relación al suicidio y sus múltiples implicaciones y connotaciones.
El artículo “Suicide Intervention Skills Among Japanese Medical Resident” se utilizó la escala modificada SIRI-2, la cual completaron 112 residentes, de los cuales un 89% calificó su confianza en el manejo del paciente suicida como nada seguro o bastante poco seguro. (8). Es un dato llamativo, ya que la figura del residente se encuentra en la primera linea de atención, siendo en un elevado número de ocasiones el primero en realizar una valoración del riego suicida de los paciente (guardias, USM), por lo tanto programas centrados en la prevención y actuación ante pacientes con riesgo suicida son considerados muy necesarios. Diversos programas formativos implementados fueron valorados como muy satisfactorios y útiles hasta por un 91’2% de los residentes. (3)
De la misma manera y dados los efectos negativos que un evento como el suicidio presenta sobre los profesionales de la salud mental, siendo más vulnerables los psiquiatras en formación, se considera una opción plausible la creación de grupos de intervención pos-suicidio, habiéndose demostrado que dicha intervención obtiene una disminución del impacto psicológico en los facultativos, así como una valoración positiva por un 98% de los participantes. (3).
Conclusiones:
1.- Necesidad de una formación más específica y dirigida en cuanto al suicidio, dado la frecuencia con la que nos encontramos con esta situación al inicio de la especialidad.
2.- La creación de equipos de apoyo en las crisis.
3.- Desarrollo de protocolo (activación) tras suicidio.
1.- Ruskin, R., Sakinofsky, I., Bagby, R.M. et al. Acad Psychiatry (2004) 28: 104. doi:10.1176/appi.ap.28.2.104
2.- Hendin H, Haas AP, Maltsberger JT, et al. Factors contributing to therapists´distress after the suicide of a patient. Am J Psychiatry 2004;161:1442-6.
3.- Figueroa S(1), Dalack GW. Exploring the impact of suicide on clinicians: a multidisciplinary retreat model. J Psychiatr Pract. 2013 Jan.
