El dolor del fuego

Se describe un caso en el que se refleja cómo un intento suicida con graves complicaciones y secuelas puede agravar el cuadro afectivo, mermando la respuesta a tratamiento, y agravando el riesgo de una nueva tentativa suicida.
Mujer de 64 años, viuda desde hace un año y madre de cuatro hijos (el mayor murió de forma repentina de un IAM). Vive con una cuidadora con alta supervisión. Ingresa en la Unidad de Hospitalización psiquiátrica por un tercer intento suicida grave en dos años. Un año antes ingirió cáusticos que precisó ingreso en UCI e intervención quirúrgica para reconstrucción del tracto digestivo (gastrectomía y yeyunostomía). Nueve meses después se prendió la ropa con la llama de una cerilla, requiriendo ingreso en la Unidad de Quemados. En ésta ocasión se prende fuego en su domicilio, de forma planificada y sin previsión de auxilio. Su cuidadora llegó en ese momento al domicilio y consiguió apagar el fuego. Ha estado hospitalizada varios meses en la Unidad de Quemados, y una vez estabilizada se traslada a la Unidad de Psiquiatría. Como las anteriores ocasiones, no verbalizó intención o amenaza suicida previas, y planificó la forma y ocasión más favorable para llevar a cabo el acting. La evolución durante su ingreso es tórpida, con persistencia de sintomatología depresiva grave, actitud pasiva, francamente negativista, pueril y regresada, e importante pobreza ideoverbal y muy escasa capacidad de introspección. Se ensayan varios cambios farmacológicos combinando eutimizantes, antidepresivos y neurolépticos, con muy escasa respuesta (se prueban Venlafaxina, Paroxetina, Duloxetina, Trazodona, Olanzapina, Valproico, Lamotrigina y Litio). Finalmente evoluciona favorablemente de forma progresiva con Amitriptilina 25 mg 1 comp./8h, Mirtazapina 45 mg 1 comp. por la noche, Olanzapina 10 mg 1 comp. por la noche, Quetiapina 200 mg 1 comp. por la noche. Se va mostrando cada vez más reactiva, sintónica y animada, con buen ritmo del sueño. Realiza crítica del intento suicida y expresa planes de futuro ajustados a su realidad. Se inician periodos breves de permisos domiciliarios, hasta que se le concede el alta por mejoría tras cinco meses de hospitalización.
Una vez descrito el caso podemos concluir que ante la mala evolución habría que plantearse medidas alternativas, como sería añadir fármacos potenciadores o la TEC, si bien en este caso hubo una buena respuesta tras varios ensayos a la combinación de fármacos.
