Revisión Psicobiológica de la Agresión

La definición de agresión ha sido y sigue siendo polémica. La agresividad no es un concepto unitario ni fácil de delimitar. En la actualidad carecemos de una definición satisfactoria aceptada de forma universal por la comunidad científica. A lo largo de 70 años se han investigado los factores que aumentan o limitan la conducta agresiva humana, y se han desarrollado diferentes teorías sobre sus causas.
En la investigación psicológica sobre agresión existen tres posturas básicas: una de ellas considera la agresión como una forma de conducta gobernada por instintos o impulsos innatos; otra la ve como una forma de conducta que, al igual que otras conductas, se adquiere a través de la experiencia individual; finalmente, la tercera es una postura intermedia que integra los conceptos de impulso y aprendizaje: la hipótesis de la frustración-agresión.
El Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-IV-TR; APA, 2002) recoge la agresión como aquella conducta intencionada dirigida a provocar daño físico a otros.
En 1971 Reis, ya propuso la dicotomía que se viene utilizando clásicamente en la literatura sobre agresión y que distingue entre:
1. Agresión afectiva: Tiene una función defensiva. Se produce para defender el territorio, o protegerse del dolor o de la amenaza de un intruso en el territorio, aunque también puede ser ofensiva. Se acompaña de una fuerte descarga simpática y es controlada por el hipotálamo medial y la sustancia gris periacueductal.
2. Agresión predadora: Tiene una función ofensiva. Se define por oposición a la anterior, es decir, designa la lucha entre individuos de distinta especie. Por ejemplo, el cazador (predador) que mata para alimentarse. Por este motivo no conlleva activación simpática y se relaciona con el núcleo neural regulador del hambre: el hipotálamo lateral.
El presente trabajo pretende clarificar los mecanismos neurales que controlan los dos tipos de agresión fundamental, predatoria y defensiva, y sus interacciones a nivel neuroanatómico y neuroquímico.
El control neural de la conducta agresiva es de tipo jerárquico. La secuencia motora del ataque, la defensa o la depredación está controlada por el mesencéfalo. La actividad del mesencéfalo está controlada por el sistema límbico y el hipotálamo, y la de estos, a su vez, por la corteza cerebral. Las áreas responsables de cada tipo de agresividad son distintas.
A nivel mesencefálico, la conducta ofensiva parece estar controlada por neuronas del área tegmental ventral (Adams, 1986) y las conductas defensivas y predatoria por neuronas de la sustancia gris periacueductal, dorsal y ventral, respectivamente (Shaikh y Siegel, 1989).
Es poco probable que la conducta agresiva esté controlada por un único neurotransmisor. No obstante, existe una amplia evidencia experimental en el sentido de que la serotonina es especialmente importante en el control de la conducta agresiva, ejerciendo un efecto inhibidor sobre la misma.
A pesar de todas las evidencias biológicas, no podemos olvidar que los factores genéticos, perinatales, sociofamiliares y de educación, interaccionan y modifican nuestra predisposición a responder de manera agresiva a las circunstancias del entorno.
