Los estragos psiquiátricos y sociales de la COVID-19 en una embarazada

Mujer de 35 años, actualmente embarazada de 30 semanas. Natural de Marruecos, vive en España desde hace 12 años con sus dos hijos, de 7 y 12 años. Divorciada desde 2016, actualmente tiene una nueva pareja, que es el padre del bebé que espera. Como antecedentes en salud mental cuenta atención puntual por un psiquiatra en Marruecos por sintomatología ansioso-depresiva a raíz del divorcio del padre de sus hijos. Desde entonces, ha mantenido tratamiento con Escitalopram 15mg de forma continua, alcanzando la estabilidad a nivel psicopatológico y conservando una buena funcionalidad.
Tras conocer el estado actual de gestación, abandonó de forma brusca el tratamiento psicofarmacológico sin consultar previamente con su médico de familia ante el miedo a un posible efecto teratógeno sobre el feto. Cabe destacar que se trata de un embarazo deseado y planificado dentro de un contexto psicosocial estable, lo que reforzaba en ella la idea de prescindir del antidepresivo durante esta etapa.
Los primeros cinco meses de gestación han transcurrido sin incidencias, tanto a nivel obstétrico y de desarrollo del feto como en lo que atañe a la salud mental de la futura madre. Sin embargo, desde hace un mes, ha comenzado a desarrollar sintomatología ansioso-depresiva cada vez más incapacitante y consistente principalmente en niveles elevados de ansiedad basal y anticipatoria, irritabilidad, insomnio global e ideas autolíticas que la paciente vivencia como egodistónicas. Han aparecido cogniciones depresivas en lo relativo tanto al cuidado de sus hijos como a las perspectivas respecto al futuro bebé, se culpabiliza por la decisión de haber planificado la gestación, refiere haberse autoagredido para provocar el parto y nos pide insistentemente que se le ingrese para inducirle el parto porque siente que no puede seguir el embarazo. En este contexto, la paciente acude de urgencias a su médico de familia, que decide derivar de forma urgente a su centro de salud mental ambulatorio de zona.
Como desencadenante de esta sintomatología señala el contagio de su pareja por SARS-CoV-2, tras el que tuvieron que hacer aislamiento preventivo tanto ella como sus dos hijos. El miedo a contraer la infección y la posible repercusión sobre el feto es lo que ella identifica como el principal foco de estrés y esto es lo que empieza a limitar su funcionalidad. Tanto ella como sus hijos apenas salen de casa, hasta el punto de que no sus hijos no están acudiendo al centro escolar. Su relación de pareja ha comenzado a verse seriamente afectada. Por todo esto, la estabilidad psicosocial que existía al planificar la gestación se ha visto comprometida.
Debido a las potenciales repercusiones que el cuadro afectivo de la paciente pueda tener tanto sobre el desarrollo del feto como sobre la salud mental de la madre y la capacidad de vincularse de forma adecuada al futuro bebé se hace necesario un abordaje intensivo desde salud mental a nivel ambulatorio. Desde el centro de salud mental se le propone un seguimiento semanal con psiquiatría en coordinación con trabajo social, con el fin de dar respuesta a la demanda que se presenta.
