Encomendada a la Virgen del Rocío

El suicidio es un fenómeno complejo y difícil de prever, si identificamos los factores de riesgo y tratamos adecuadamente a los sujetos, podremos reducir el riesgo.
Mujer de 53 años, casada y madre de tres hijos. Diagnosticada de trastorno afectivo bipolar, con numerosos ingresos en la Unidad de Hospitalización Psiquiátrica, la mayoría por episodios depresivos. En 2011 es intervenida por perforación esofágica con hidroneumotórax derecho y derrame pleural izquierdo tras ingesta de cuerpo extraño con finalidad autolítica (un neceser). En 2013 vuelve a ingresar por ingesta de diversos cuerpos extraños (anillos, medallas, llavero…) y medicamentosa. De forma progresiva comenzó a abandonar sus tareas domésticas, su autocuidado, y a permanecer encamada la mayor parte del día, con tendencia al aislamiento. La clínica depresiva se acompaña de ideación delirante de perjuicio y autorreferencias (“no quiero que vengan las cámaras de televisión, yo no entiendo de política, no tengo la culpa de la crisis, no le debo dinero al gobierno). Se introduce en su tratamiento Nortriptilina, con evolución muy lenta hacia la mejoría. A las pocas semanas vira hacia la hipomanía, con síntomas psicóticos no congruentes con el estado de ánimo, mostrándose hiperactiva, invasiva, irritable, taquipsíquica y verborreica. Ante esta clínica se retira el antidepresivo y se reajusta la medicación con estabilizantes del ánimo y antipsicóticos, consiguiéndose así la eutimia.
En la mayoría de las conductas suicidas podemos detectar la presencia de un trastorno mental, así como otros factores de riesgo modificables. La población con trastorno bipolar tiene entre 10 y 30 veces más de riesgo de suicidio consumado que la población general. La mitad de estos pacientes lo intentarán alguna vez en su vida.
