Consecuencias del suicidio en el terapeuta

El suicidio consumado es uno de los retos de la psiquiatría actual, siendo según la OMS, una de las principales causas de muerte en el mundo. Se reconoce como un evento traumático para los familiares y otras personas del entorno del paciente pero, probablemente, está menos presente que dicho suceso también repercute en los profesionales que le atendieron. El terapeuta forma parte de los supervivientes de un suicida (1).
Exponemos el caso de un paciente varón de 30 años, con 10 años de seguimiento en Salud Mental el cual, tras intervenciones terapéuticas diversas y participación multidisciplinar, terminó por consumar suicidio. Durante sus años de seguimiento se recoge sintomatología de tipo afectivo de distinta intensidad, junto a una progresiva pérdida del proyecto vital y conductas episódicamente disruptivas que precisaron de varios ingresos hospitalarios. Abordaje individual difícil, con escasa colaboración del paciente, complejidad diagnóstica y gran ambivalencia sobre su demanda de asistencia sanitaria, con ambiente familiar disfuncional. Sin protagonizar intentos autolesivos graves, el paciente fue expresando deseos de muerte en relación con su sufrimiento psíquico a los que añadió frustración por la falta de mejoría percibida y una convicción, que llegó a ser delirante, respecto a su “enfermedad” original que, pensaba, no había sido tratada desde el principio. Se recogen en su Historia Clínica, orientaciones diagnósticas de trastorno de personalidad, esquizofrenia y trastorno por consumo de alcohol, entre otros. Resistencia al uso de tratamientos psicofarmacológicos, realizándose múltiples estrategias con intervención de varios profesionales y dispositivos.
Nos planteamos hacer una breve reflexión sobre el efecto en el terapeuta del suicidio de un paciente con quien, como en el caso citado, se ha tratado de establecer una estrategia de tratamiento integral y donde existía un vínculo terapéutico. El impacto en el terapeuta puede generar sentimientos de culpa, percepción de no haber protegido al paciente, dudas sobre la competencia profesional, soledad ante la familia y ante otros profesionales y puede ser, en definitiva, un acontecimiento estresor relevante.
Al revisar la literatura reciente observamos que son escasos los trabajos que se dedican al estudio del tema y, es llamativa la escasez de programas específicos de atención a los profesionales, tanto a nivel formativo como de apoyo.
En los últimos años, respecto al suicidio, se han logrado avances importantes en la sociedad actual con implicaciones políticas e institucionales, tratando de concienciar a la población sobre la gravedad del problema y sus implicaciones y repercusiones en el entorno del paciente suicida.
Tal y como se recomienda en la bibliografía consultada (2), sería muy recomendable la elaboración de protocolos de atención para profesionales que estén en esta situación y poder ofrecer formación adecuada al respecto. Por tanto, consideramos que, dentro de las estrategias a desarrollar, sería necesario incluir algunas dirigidas a los profesionales directamente relacionados con un suicidio consumado.
Bibliografía:
1. Pérez Barrero SA. Cómo evitar el suicidio en adolescentes. Revista Futuros. 2006;14(supl 4).
2. Munera, P. (2013). El duelo por suicidio. Análisis del discurso de familiares y de profesionales de salud mental (Tesis doctoral). Universidad de Granada, Granada, España.
